Desde los primeros días del levantamiento militar, los generales sublevados demostraron que la piedad no iba a ser su política: su forma de hacer la guerra, aprendida en Marruecos y los territorios coloniales, no distinguía entre enemigos armados y civiles. Por eso, muchos optaron por echarse al monte para salvar la vida e intentar organizarse como guerrilla; una guerrilla que, acabada la contienda, se curtió en la Resistencia antinazi y siguió luego combatiendo al régimen de Franco.