El animal parecía dormido, pero en realidad se escondía. Con las garras aferradas al poste de una cerca de alambre de púas, un perezoso de tres dedos se acurrucaba como si buscara el abrazo de un tronco. No lo había. Solo quedaba aquel hierro oxidado, levantado junto a una carretera en Costa Rica, donde antes había bosque.
La imagen, capturada por el fotógrafo francés Emmanuel Tardy en la provincia de Alajuela, es una de las seleccionadas en el Wildlife Photographer of the Year 61, el prestigioso certamen organizado por el Museo de Historia Natural de Londres. Según detalla la institución británica, la instantánea, titulada No Place Like Home, es mucho más que un retrato tierno: es un retrato trágico. Los perezosos, criaturas arbóreas por definición, se ven forzados a tocar el suelo con demasiada frecuencia. Y cuando lo hacen, están perdidos.
La escena, tan cotidiana como brutal, es solo una de las muchas que conforman el adelanto de esta edición número 61, seleccionada entre más de 60.000 imágenes enviadas desde todo el mundo. Cada fotografía, como cada especie retratada, se convierte en un testimonio de resistencia —y de amenaza.
En la misma serie aparecen, por ejemplo, un león y una cobra frente a frente bajo el sol del Serengeti; un grupo de pingüinos emperador contemplando un precipicio de hielo en la Antártida; y un elefante solitario atravesando un vertedero multicolor en Sri Lanka, como si caminara entre ruinas de un mundo que ya no le pertenece.
Según explica el comunicado oficial del museo londinense, esta muestra busca, además de celebrar la belleza del planeta, llamar la atención sobre las múltiples formas en las que los humanos lo están desfigurando. Algunas son explícitas —el plástico, la deforestación, los vertidos—. Otras, más sutiles: la fragmentación del hábitat, el cambio climático, la sobrepesca. Todo suma.
El lamento del bosque
Volvamos al perezoso.
Durante años, Costa Rica fue un modelo de conservación. Sus parques nacionales, sus iniciativas de ecoturismo y su política energética hicieron del país un emblema verde. Pero como en tantos otros lugares, el crecimiento tiene un precio. Las carreteras que conectan zonas rurales han partido el bosque en pedazos. Para un perezoso, que se mueve a razón de 0,24 kilómetros por hora, cruzar de un árbol a otro puede implicar una travesía mortal. Por eso ahora se ven agarrados a postes metálicos, confundiéndolos con troncos, como reflejó Emmanuel Tardy, en el distrito de San Carlos.
Ante esta situación, las autoridades costarricenses han empezado a instalar puentes aéreos —cuerdas, pasarelas y estructuras improvisadas— que permitan a los animales desplazarse sin tocar el suelo. Pero los corredores biológicos no son una solución mágica. Requieren tiempo, mantenimiento y voluntad política. Y no siempre llegan a tiempo.

Naturaleza atrapada entre ruinas
Otro de los fotógrafos seleccionados, el indio Sitaram Raul, también trabajó en penumbra. Lo hizo entre los muros derruidos de un monumento histórico en Banda, Maharashtra, donde cientos de murciélagos frugívoros vuelan cada noche. Su imagen, titulada Nature Reclaims Its Space, es una coreografía de alas abiertas entre piedra y oscuridad. Pero lo que retrata no es una danza, sino una advertencia: la naturaleza, cuando puede, regresa. Aunque lo haga entre ruinas, aunque lo haga a oscuras.
En palabras del jurado, encabezado por la editora gráfica Kathy Moran, cada imagen “expresa una verdad emocional y ecológica”. Algunas lo hacen con crudeza. Otras, con ironía. La fotografía Toxic Tip, del esrilanqués Lakshitha Karunarathna, muestra a un elefante abriéndose paso entre un vertedero plagado de envoltorios de colores. Como si la selva hubiera sido sustituida por un supermercado caído en desgracia.
Según la información facilitada por el museo, más de 20 elefantes han muerto en los últimos años en un solo basurero del este de Sri Lanka, tras ingerir plástico. Karunarathna lleva años documentando estos encuentros entre fauna salvaje y residuos humanos, una forma de conflicto que pocas veces termina bien para el animal.
Belleza en el límite
Pero no todo es destrucción. Algunas de las imágenes seleccionadas en esta edición del Wildlife Photographer of the Year celebran la capacidad de la naturaleza para persistir, incluso cuando todo parece en contra. Es el caso de Jelly Smack Summer, de Ralph Pace, una escena submarina donde las medusas se convierten en estrellas flotantes. Pace se protegió con vaselina en la piel expuesta para evitar las picaduras mientras flotaba entre decenas de estos animales translúcidos. El resultado: una visión casi alienígena del océano frente a las costas de California.

Las medusas, al contrario que los osos o los elefantes, prosperan en un mundo desequilibrado. Son oportunistas, resilientes. Se adaptan al aumento de las temperaturas marinas, a la sobrepesca, a la falta de oxígeno. Son, en cierto modo, el síntoma de un mar enfermo. Pero también, su reflejo más bello.
En otra imagen, Essence of Kamchatka, un oso camina solo por una playa desierta con el volcán Iliinsky al fondo, oculto tras nubes bajas. Fue tomada por el joven fotógrafo indio Kesshav Vikram en el lejano oriente ruso. En ese mismo lugar, los salmones rojos comienzan su remontada anual, y los osos, como si respondieran a un llamado antiguo, llegan uno tras otro. La imagen no solo retrata un paisaje: documenta una promesa biológica que, de momento, sobrevive.

La fotografía como refugio
El Wildlife Photographer of the Year, como ha recordado la organización en varias ocasiones, no es solo un concurso. Es un archivo visual del planeta en un momento de inflexión. Cada imagen seleccionada —las de esta edición y las de las 60 anteriores— forma parte de una narrativa mayor: la de un mundo que cambia, y de los seres que intentan seguir en pie pese a ello.
Algunas especies, como los coyotes de San Francisco retratados por Parham Pourahmad, han aprendido a coexistir con lo urbano. Otras, como los pingüinos que saltan desde acantilados de hielo, se ven forzadas a explorar rutas cada vez más peligrosas. Lo mismo que los humanos: adaptarse o desaparecer.
Los fotógrafos que participan en esta cita anual, sean profesionales veteranos o jóvenes de 11 años, no disparan solo con la intención de capturar la belleza. Lo hacen con una responsabilidad implícita: dar testimonio. Y en ese gesto, en esa voluntad de mostrar lo que se desvanece, la fotografía de naturaleza se convierte en algo más que arte. Se convierte en memoria.
Tal vez por eso la imagen del perezoso agarrado al alambre ha conmovido a tantos. Porque no solo habla de un animal, ni siquiera solo de un país. Habla de un modo de estar en el mundo que se está perdiendo. Y, sin embargo, todavía puede ser recordado.