Las buenas historias no siempre son ciertas, y eso también vale para la ciencia. La tecnología avanza, pero los mitos se mantienen. Ideas como que los agujeros negros son realmente agujeros o que el modo incógnito te vuelve anónimo siguen ancladas en la cultura popular. Algunas nacieron del cine, otras de malentendidos, y muchas han sobrevivido gracias a su fuerza narrativa. En este recorrido, desmontamos 12 de los mitos más repetidos sobre ciencia y tecnología, con explicaciones claras, curiosas y basadas en hechos comprobables.
Mito 1: El día tiene 24 horas
Según qué día, y no nos estamos refiriendo al día del año. El día solar, en el que se basa tanto el horario como el calendario civil, sí tiene 24 horas. Pero el día sideral –o sidéreo–, tan popular como el primero en el ámbito de la astronomía, dura 23 horas, 56 minutos y 4 segundos.
La diferencia entre ambos días es que el segundo se calcula estimando lo que tarda nuestro planeta en completar una rotación; es decir, en dar una vuelta completa alrededor de su eje. Los astrónomos lo calculan tomando las constelaciones como guía: una estrella tarda ese tiempo en aparecer en el mismo punto del cielo en el que se encontraba el día anterior. Pero, ese no es el caso del Sol, que tarda unos cuatro minutos más. Y esto es así porque la Tierra, a la vez que gira sobre sí misma, también gira alrededor del Sol en un movimiento llamado de traslación.
Así pues, el astro rey no va a aparecer en el mismo lugar del cielo a la misma hora del día anterior, porque el planeta ya no se encontrará en el mismo punto de la órbita solar en el que estaba. Y ese movimiento, de casi un grado, es lo que origina esa diferencia de cuatro minutos.

Mito 2: Steve Jobs inventó el ordenador personal
Más que una falsedad, lo que tenemos aquí es un lío considerable, porque fueron varios los jóvenes emprendedores que marcaron los hitos para convertir una computadora en un aparato asequible que pudiera ser utilizado por el gran público, y es difícil saber cuál de esos avances fue el definitivo. Por ejemplo, en 1974, el ingeniero norteamericano Henry Roberts diseñó el Altair 8800, un equipo informático doméstico, pero de uso todavía reservado a quienes tuvieran conocimientos más que avanzados; para empezar, el propio comprador debía montarlo.
Steve Jobs no entra en esta historia hasta 1976, año en el que funda Apple en colaboración con Steve Wozniak. De hecho, fue Wozniak quien creó los dos primeros modelos lanzados por la empresa: el Apple I, una versión primitiva presentada ese mismo año, y el revolucionario Apple II, que llegó al mercado en 1977 y se convirtió en un éxito de ventas. Este modelo tenía un aspecto más parecido al de los ordenadores actuales y estaba equipado con su propio teclado y monitor, por lo que resultaba atractivo para todo tipo de usuarios.
Sin embargo, faltaba el concepto, y eso fue mérito de IBM, que en 1981 lanzó su modelo 5150 para el que acuñó el término personal computer (eso significan las siglas PC) y que popularizó mediante una gigantesca campaña de publicidad. Cuál de estos padres es el verdadero creador del ordenador personal es la eterna cuestión sin resolver. La respuesta más acertada es, probablemente, que fue el caso de diversos genios que se alimentaron mutuamente de sus descubrimientos.
Mito 3: El modo anónimo del navegador esconde todo lo que hacemos
Sentimos tener malas noticias, pero todo, lo que se dice todo… no. Activar el modo de navegación privada en el ordenador, la tableta o el móvil tiene los siguientes efectos: impide al navegador registrar el historial de las páginas visitadas y acceder a webs que solicitan contraseña, y también evita las cookies, con lo que dificulta el envío de publicidad y resultados basados en nuestra ubicación y preferencias.
Pero no puede impedir la identificación de nuestro IP, que actúa como el número de identidad del ordenador. Los servidores que alojan las páginas web siguen reconociendo ese número y a su proveedor, por lo que sigue siendo posible obtener información sobre qué páginas se han visitado y qué acciones se han realizado en ellas.
Si lo que se busca es el anonimato total, entonces lo mejor es recurrir a la mal llamada internet oscura que, como explicamos en otra parte de este capítulo, es mucho más que un nido de delincuentes. Sus navegadores –Tor es el más famoso– encriptan los datos y utilizan técnicas avanzadas de camuflaje.
Mito 4: La Wikipedia está redactada por millones de personas
Esa era la idea que nos vendieron cuando se lanzó la enciclopedia en línea que arrasó con sus antecesoras en papel, pero la realidad es que su elaboración colectiva es menos espectacular de lo que se ha contado. Si lo comparamos con los casi 700 millones de visitas que recibe al día para consultarla, el número de personas que contribuyen en su redacción ronda las cien mil.
Investigadores de la Harvard Business School de Estados Unidos y de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid concluyeron que apenas un diez por ciento de los colaboradores que escriben realiza casi el 90 % de las publicaciones.
La pregunta es por qué la participación activa es tan baja, cuando la Wikipedia ofrece a todos sus lectores la posibilidad de crear, redactar y completar entradas. Hay dos motivos principales: uno, la falta de familiaridad de los usuarios con MediaWiki, el software de la plataforma. El otro, y presumiblemente el más importante, es el bajo nivel de conocimientos históricos, técnicos y científicos de los internautas en general.
No hay tanta gente con certezas enciclopédicas y casi mejor que no la haya, porque una participación más masiva podría desvirtuar la calidad de sus contenidos más de lo que ya está. Aunque es una herramienta útil, la Wikipedia solo puede ser considerada una puerta a la primera información, no el repositorio de conocimiento completo y definitivo.

Mito 5: El sonido de los discos de vinilo es mejor que el digital
El audio digital llegó a nosotros en los años ochenta del pasado siglo en forma de disco compacto (CD) del que se decía que ofrecía un sonido más limpio, sin los saltos y rayados tan frecuentes en los discos de vinilo. Ahora, muchos vuelven a los long plays, porque ofrecen un sonido más cálido y fiel a la fuente, frente a la fría precisión de los digitales. ¿En qué quedamos?
Son varios los factores que influyen en la calidad del audio, tanto en los discos de vinilo como en los CD y demás soportes digitales de archivos de música. Uno de los más importantes es la forma en la que el material se ha grabado y masterizado. Otro, la ecualización utilizada en el equipo del oyente. Y en el caso específico de los LP, cosas que siempre han estado ahí, como la calidad de la aguja del tocadiscos o el ajuste del brazo y de la cápsula. Esa fue una de las ventajas publicitadas cuando se lanzó el CD: que sonaban igual de bien en cualquier reproductor.
El mito de la superioridad del formato analógico se puede explicar por el hecho de que en él los sonidos se registran de forma continua, sin cortes. En los medios digitales, por el contrario, el resultado de la captación se fracciona y se vuelve a montar. Pero, en la práctica, eso no afecta al sonido.
Otra explicación se encuentra en la resistencia histórica, ya que en los primeros CD abundaban las grabaciones –o conversiones a formato– precarias y apresuradas. En la actualidad, la mejor prueba de que el sistema digital garantiza una fidelidad a toda prueba es que es el que está detrás de la producción… de los nuevos discos de vinilo.
Mito 6: Una moneda lanzada desde el punto más alto de un edificio puede matar
Es un viejo mito: si subimos a lo más alto del Empire State y lanzamos una moneda de diez centavos –estamos en Estados Unidos, después de todo–, la aceleración con la que llegará al suelo la convertirá en un proyectil potencialmente letal. Pero no es así.
Subamos la apuesta y lancemos desde las alturas una moneda de 50 centavos, que, de acuerdo con los datos de la Casa de la Moneda estadounidense, tiene un peso de 11,340 gramos. La aceleración de la caída se vería mitigada por el rozamiento de la pieza con el aire, por lo que llegaría al suelo con una fuerza menor a tres julios de energía, mucho menos de lo necesario para perforar un cráneo humano: un mínimo de 45 julios.
Si la moneda impactara en la cabeza de un peatón, le haría daño suficiente como para requerir atención médica, pero no sería fatal. Otros objetos en apariencia menos dañinos por ser más blandos, sí tendrían consecuencias mortales: una manzana llegaría al suelo con una fuerza de 104 julios, lo que la haría más letal que la de Blancanieves.
Mito 7: En el espacio exterior no hay gravedad
En la Estación Espacial Internacional, situada a 400 kilómetros de altitud, la atracción gravitatoria que ejerce la Tierra equivale al 90 % de la que sentimos a ras de suelo. De hecho, esta fuerza se encuentra presente, en mayor o menor medida, en todo el universo. Esto es así porque todos los cuerpos, ya sean un átomo o el centro de una galaxia, ejercen cierto grado de atracción sobre los demás en función de su masa y de la distancia entre ellos.
Según la Teoría de la Relatividad de Einstein, la gravedad afecta a todos los cuerpos del universo. Incluso en el vacío espacial, cualquier presencia de masa provocará la acción de la gravedad. Pero, en ese caso, ¿por qué los astronautas flotan en las naves espaciales o en la propia Estación Espacial? El fenómeno que lo causa no es la gravedad en sí, sino la microgravedad: una condición en la que personas y objetos parecen no tener peso.
Tanto las lanzaderas como la estación son atraídas por la gravedad terrestre, pero al moverse a gran velocidad, su caída describe una curva que iguala a la de la Tierra, por lo que puede decirse que caen rodeando el planeta, no hacia su superficie. Las personas y objetos de su interior están en una situación de caída libre continua, que es lo que los hace flotar.

Mito 8: Las estaciones dependen de la distancia entre la Tierra y el Sol
Este mito se basa en la asunción de que en verano estamos más cerca del Sol, lo que produce el aumento de las temperaturas, y en invierno, todo lo contrario. Pero la distancia entre el Sol y la Tierra es siempre de 150 millones de kilómetros, así que el motivo de que existan distintas estaciones no está ahí. El paso de las estaciones se produce por la inclinación del planeta y el movimiento de traslación, que es el giro que la Tierra realiza en torno al Sol. Esa vuelta completa le lleva doce meses y presenta cuatro puntos fundamentales: dos llamados solsticios y dos, equinoccios.
El eje de la Tierra forma un ángulo de 23,2 grados con respecto a la órbita solar. Esto significa que los rayos del Sol alcanzan nuestro planeta de manera perpendicular a la superficie, pero la distribución de la luz no es siempre igual. El 21 de diciembre, la inclinación provoca que el hemisferio norte reciba menos luz y el sur más, dando lugar en el primero al solsticio de invierno y en el sur al de verano (por eso las Navidades en los países de este hemisferio se celebran en manga corta y los abrigos se sacan en julio).
El 21 de junio es al revés. Por su parte, los equinoccios, que marcan el inicio del otoño y de la primavera, se dan el 21 de marzo y el 21 de septiembre, cuando nuestro planeta se encuentra entre dos puntos en los que la incidencia de los rayos es similar. El eje inclinado de la Tierra también es el responsable de que los polos pasen seis meses con sol y otros seis en oscuridad.
Mito 9: El Sol es una enorme bola de fuego de color amarillo
De niños, todos hemos dibujado el Sol como una bola de color amarillo de la que salían rayitas, amarillas también, que simbolizaban su calor. Nos equivocamos por completo: la luz del Sol es blanca, como resultado de la fusión nuclear que convierte átomos de hidrógeno en helio y que tiene lugar en él a dos millones de grados centígrados.
Pero esta temperatura no significa tampoco que sea una gran bola de fuego, ya que el astro rey no posee oxígeno en su composición y este elemento es fundamental en los procesos de combustión.
El color amarillo del Sol es el resultado de la dispersión de la luz en la atmósfera de la Tierra: la capa de gases que rodea nuestro planeta actúa como un filtro que impide la incidencia de algunos rayos procedentes del Sol, principalmente los espectros del intervalo azulvioleta. Pero es que además es fácil comprobar que el Sol no es siempre amarillo a nuestros ojos: durante el amanecer, o al caer la tarde, por ejemplo, el ángulo de inclinación solar dificulta todavía más la propagación de las ondas de luz en la atmósfera, y por eso adquiere unos hermosos tonos rojizos.
En cuanto a su aspecto de hornillo cósmico, la causa no es el fuego, sino el plasma, un estado supercaliente de la materia formado por protones y electrones libres arrancados de sus núcleos originales por la violencia de las explosiones que hacen brillar tanto al Sol. Esa supuesta bola de fuego está formada, en realidad, básicamente por hidrógeno y helio, además de otras sustancias, como hierro y níquel.
Mito 10: La Luna tiene un lado oscuro
Esta leyenda tiene un punto misterioso que, la verdad, la hace de lo más atractiva. Además, ha sido impulsada por uno de los discos más vendidos de la historia del rock, The Dark Side Of The Moon, de Pink Floyd. El problema es que ese supuesto lado oscuro no tiene base científica, ya que los dos hemisferios del satélite están bañados por el Sol.
Sería más adecuado decir, y de hecho también se dice, que la Luna tiene una cara oculta, que se produce en virtud de un fenómeno de sincronicidad provocado por la acción gravitacional de la Tierra. Como los movimientos de rotación y traslación de la Luna tienen una duración prácticamente igual –unos 28 días–, esta tarda el mismo tiempo en dar una vuelta alrededor de la Tierra que en torno a sí misma.
Es como si mientras rota fuese reajustando su posición con respecto al planeta, para que le veamos constantemente la misma cara. Pero no siempre le funciona: la Luna presenta un tercer movimiento, la libración, causado por las oscilaciones de su eje, que cuando tiene lugar deja ver parte de esa cara oculta. De todos modos, desde 1969, el lado oscuro dejó de serlo cuando los astronautas pudieron acceder a él y no se encontraron más que piedras, arena y cráteres. Igual que en el visible.

Mito 11: Los girasoles siempre siguen al Sol
Siempre no. Llega un momento en su existencia en el que dejan de ser girasoles, estrictamente hablando. La caza de los rayos solares atribuida a estas plantas se debe al ritmo circadiano, una brújula interna que regula los ciclos diarios de casi todos los seres vivos, incluidos los seres humanos.
En el caso de los girasoles, su reloj biológico está muy influido por la luz y ese es el motivo de que se pasen el día siguiendo el movimiento solar, con el objetivo de absorber al máximo sus rayos. El movimiento se coordina a través del tallo, que tiene una parte que se estira más durante el día, mientras que la otra crece por la noche, de manera desigual.
Este fenómeno se conoce como heliotropismo y estimula el desarrollo vegetal, ya que activa una hormona del crecimiento que se concentra en las células jóvenes de sus hojas. Pero cuando termina ese ciclo de crecimiento, finalizan también los giros, porque las plantas han alcanzado el tamaño propicio para la polinización, lo que garantizará la perpetuación de la especie. A partir de ese momento, el girasol ha cumplido su función y se queda inmóvil, para siempre orientado hacia el este.
Mito 12: Los agujeros negros son agujeros
Pocas veces una definición ha sido menos acertada: un agujero representa el vacío, está formado por la ausencia de materia. Un agujero negro es la materia concentrada en su máxima expresión, una masa gigantesca en un volumen relativamente pequeño, formando un campo gravitatorio tan intenso que ni siquiera la luz puede escapar de él.
Como tantas cosas, fueron predichos por Einstein antes de que se demostrara su existencia. Se originan cuando una estrella de gran tamaño –lo que se llama una gigante roja– agota toda su energía y muere implosionando sobre sí misma, dejando un núcleo de enorme densidad. Si la masa de este núcleo supera tres veces la del Sol, la fuerza de gravedad se impone sobre cualquier otra, y entonces se forma un agujero negro.
De acuerdo, pero, entonces, ¿cómo hemos llegado a llamarlos agujeros si no lo son? El término agujero negro fue acuñado en 1967 por el físico teórico estadounidense John Archibald Wheeler durante una conferencia en el Instituto Goddard de Estudios Espaciales, de la NASA, aunque este declaró haberlo creado un par de meses antes, durante un debate en Nueva York con algunos colegas.
Al principio, se referían a ellos como objetos completamente colapsados, pero, “cuando has usado esa expresión media docena de veces, empiezas a pensar en una más sencilla”. Ahí se le ocurrió denominarlos agujeros negros, porque era fácil de recordar y de difundir. El color negro se deducía de la ausencia total de luz, y la idea de agujero, de una tendencia del gran físico a utilizar la figuración poética cuando la ocasión lo merecía.