Cuando el Imperio japonés comenzó a vislumbrar su derrota en el Pacífico, una idea desesperada, brutal y simbólicamente poderosa tomó forma en la cúpula militar: convertir a jóvenes aviadores en armas humanas. Lo que comenzó como una estrategia puntual de choque acabó siendo uno de los fenómenos más inquietantes y estremecedores de la historia bélica contemporánea. El kamikaze, con su imagen de piloto sereno y resignado, envuelto en rituales ancestrales y cargado con explosivos, ha quedado grabado en la memoria colectiva como un emblema de entrega absoluta… o de fanatismo sin retorno.
El término “kamikaze”, traducido como “viento divino”, hace referencia a las tormentas que, según la tradición japonesa, salvaron a la isla de la invasión mongola en el siglo XIII. Siglos después, aquel símbolo mitológico fue reinterpretado con una intención dramáticamente literal. En octubre de 1944, en pleno declive del Imperio japonés, el almirante Takijirō Ōnishi propuso formalizar las Unidades de Ataque Especial. La misión era tan sencilla como brutal: lanzar aviones cargados de explosivos directamente contra los barcos aliados. La vida del piloto no era un valor a preservar, sino el precio necesario para causar el máximo daño posible al enemigo.
En teoría, se trataba de misiones voluntarias. En la práctica, la presión social, el adoctrinamiento militar y la cultura del honor llevaban a miles de jóvenes a “ofrecerse” para el sacrificio. A los ojos del régimen, no había mayor gloria que morir por el emperador, en un país donde la rendición era vista como una deshonra insalvable.
Una generación moldeada para morir
Lejos de ser soldados experimentados, muchos de los kamikazes eran apenas adolescentes. Se estima que la mayoría no pasaba de los veinte años y que recibían menos de cincuenta horas de entrenamiento de vuelo antes de embarcarse en sus misiones suicidas. No importaba la habilidad aérea; lo esencial era el impacto. La lógica era devastadoramente simple: un joven sin experiencia podía resultar más útil si su única tarea era estrellarse.
Este fenómeno no se limitó a los cazas. También se desarrollaron torpedos tripulados (kaiten), planeadores explosivos (ōka) o lanchas motoras con carga explosiva (shin’yō), todos con un destino común: la destrucción y la muerte aseguradas. En todos los casos, el piloto o conductor sabía que no volvería. Y, en caso de fallar —por mal tiempo, problemas mecánicos o decisión propia—, el regreso no era celebrado, sino a menudo castigado con violencia y humillación.
Los testimonios de quienes sobrevivieron, de forma fortuita o porque nunca llegaron a despegar, muestran un panorama más sombrío que el imaginado por la propaganda oficial. Mientras en el papel se hablaba de valor y entusiasmo, en las pistas de despegue abundaban el miedo, el llanto y el silencio. En lugar de guerreros entusiastas, muchos kamikazes eran jóvenes empujados por el peso de una maquinaria ideológica que los había convencido de que su muerte era la única opción honorable.

Un arma con eficacia discutible
La imagen del kamikaze es poderosa. Un avión que se lanza contra la cubierta de un portaaviones en una explosión de fuego es una escena de alto impacto emocional. Pero desde el punto de vista estrictamente militar, los resultados fueron menos determinantes de lo que se suele creer. Las cifras varían según las fuentes, pero se estima que alrededor del 14% al 19% de las misiones alcanzaron su objetivo. Esto significa que la inmensa mayoría de los aviones fueron abatidos antes de llegar a los barcos enemigos.
A pesar de todo, los kamikazes lograron hundir cerca de medio centenar de barcos aliados y causar daños importantes a otros cientos. La batalla de Okinawa, en particular, supuso un duro golpe para la flota estadounidense, con miles de muertos provocados por estos ataques suicidas. Sin embargo, la sangrienta táctica no logró frenar el avance aliado ni cambiar el curso de la guerra. Japón estaba condenado a la derrota, y ni la mística del sacrificio pudo evitarlo.
Más allá del balance bélico, el legado de los kamikazes ha sido objeto de intensos debates en Japón y fuera de él. Mientras para algunos sectores nacionalistas aún representan un símbolo de abnegación y patriotismo, para otros son víctimas de una ideología que instrumentalizó la vida humana hasta el extremo. Las cartas que dejaron escritas, muchas de ellas conservadas en el Museo de la Paz de Chiran, revelan una humanidad aplastada por la maquinaria de guerra. En ellas hay gratitud hacia los padres, angustia por la muerte cercana y una desconcertante mezcla de fe, miedo y resignación.
Muerte como estrategia, símbolo y arma
El fenómeno kamikaze no puede entenderse sin analizar el contexto espiritual y político del Japón imperial. En una sociedad donde el sintoísmo se mezclaba con el nacionalismo, morir por el emperador era convertirse en una deidad. La recompensa prometida era un lugar entre los kami, los espíritus sagrados, en el Santuario de Yasukuni. Allí, los nombres de los caídos eran inscritos como protectores eternos de la nación. Esta dimensión religiosa convertía el acto de morir en un ritual sagrado, donde la muerte dejaba de ser un final y se transformaba en una forma de trascendencia.
Pero este mito fue construido desde el poder. La propaganda ocultó las dudas, el sufrimiento y los episodios de desobediencia. Porque los hubo. Algunos jóvenes se negaron a morir. Algunos regresaron tras fallar. Otros simplemente no pudieron lanzarse. Y pagaron un precio muy alto por ello: castigos físicos, rechazo social, incluso la ejecución.
El fenómeno de los kamikazes no fue solo una táctica militar desesperada. Fue una manifestación del totalitarismo llevado al extremo, donde el cuerpo del ciudadano se convirtió en una herramienta más de guerra, y su muerte en una transacción política. Una historia que sigue resonando, especialmente en un mundo donde la manipulación de la juventud para fines violentos continúa siendo una dolorosa realidad.

Kamikazes y gestas extremas: la edición de Muy Historia número 187 explora el límite del sacrificio en la guerra y el poder
Morir por el emperador, por una idea, por la patria, por honor. El fenómeno de los kamikazes japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, que protagoniza nuestra portada, nos enfrenta a una de las preguntas más turbadoras de la historia: ¿qué impulsa a alguien a entregar voluntariamente su vida en un acto de destrucción? Este número se abre con un profundo recorrido por esas misiones suicidas niponas, pero exploramos también las acciones extremas en el campo de batalla protagonizadas por comandos aliados y por las temerarias operaciones del III Reich. Todos dispuestos al sacrificio, con la muerte como estrategia, como símbolo y como arma. La violencia y el sacrificio también marcan el enfrentamiento del Imperio romano contra esos pueblos bárbaros que fueron su desgracia; el auge y declive del Imperio español; la caída de Constantinopla; el ocaso de la dictadura de Primo de Rivera; el movimiento partisano, una resistencia feroz que reescribió las reglas de la guerra en Europa; y la batalla de Madrid, una guerra dentro de la Guerra Civil, que se convirtió en un laboratorio bélico y propagandístico. Y buscando un poco de calma viajamos a ese Al-Ándalus en el que el mestizaje cultural dio lugar a uno de los periodos más brillantes del medievo ibérico; a la Antigua Roma, para descubrir entre retretes públicos, vino y sátiras cómo era la vida corriente de quienes no eran emperadores; y a la Belle Époque, ese espejismo de alegría, progreso y luces de neón. Entre guerras, imperios y descubrimientos, recordamos que el pasado está lleno de actos extremos, pero también de ideas brillantes. Disfruta de la lectura.
Kamikazes
Nos vemos en Yasukuni!». Con esta frase se despedían los pilotos de las fuerzas de Ataque Especial de sus camaradas, antes de subirse al avión que debía llevarlos a una muerte tan patriótica como terrible. Minutos u horas después de pronunciarla se precipitarían en picado contra la cubierta de algún portaaviones norteamericano, dando la vida de la manera más honorable posible por Japón y por el Emperador. La mayoría de pilotos kamikazes eran estudiantes, jóvenes de —en el mejor de los casos— poco más de veinte años, muy moldeables y permeables a las ideas ultranacionalistas, reaccionarias e imperialistas dominantes en el Japón del periodo. Todos los miembros de las fuerzas armadas japonesas eran convenientemente adoctrinados hasta hacerles creer que, en el caso de que perdieran la vida en el campo de batalla, inmediatamente se convertirían en kami (las deidades del panteón sintoísta), y como tales residirían junto a los espíritus protectores del país en el Santuario Yasukuni de Tokio. Esa era la recompensa a la heroica inmolación de los «voluntarios», los miembros de las fuerzas de Ataque Especial convertidos en perfectos —aunque no siempre— fanáticos convencidos de estar desempeñando una misión sagrada, sacrificándose por la nación en un país en el que huir del campo de batalla, aun para luchar otro día, era un deshonor y en el que dejarse atrapar por el enemigo se consideraba como la peor de las humillaciones. Y es que es imposible entender el fenómeno de los kamikazes sin escarbar en el intrincado trasfondo ideológico que se escondía detrás de esa religión nacionalista con, aparentemente, tan pocas fisuras.
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Todos los reportajes que encontrarás en la edición de Muy Historia número 187
- Kamikazes: morir para matar, por Roberto Piorno
- Las misiones más arriesgadas, por Juan Carlos Losada
- Constantinopla: la última sangre medieval, por Alberto Porlan
- La vida cotidiana en el Imperio romano, por Vicente Barba Colmenero
- El imperio español: la primera globalización, por Gonzalo Pulido
- La Belle Époque, por Miguel Salvatierra
- Bárbaros: un nombre para mil tribus, por Roberto Piorno
- El principio del fin de la monarquía, por José Luis Hernández Garvi
- La reconquista civil de Italia, por Rodrigo Brunori
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