En la historia medieval europea, las mujeres de la realeza distan de haber sido meras figuras pasivas, ya sea como víctimas de matrimonios concertados o relegadas a un papel secundario en la corte. Los estudios recientes han demostrado que muchas de ellas participaron en primera persona en la política de su tiempo. Entre esas mujeres, destaca Juana de Navarra (c. 1369-1437), reina consorte y después viuda de Inglaterra, cuyo ejercicio diplomático fue decisivo en la relación entre Inglaterra y Bretaña durante el siglo XV. Su trayectoria pública demuestra cómo las mujeres de la élite podían convertirse en agentes políticos de primer orden, capaces de negociar treguas, consolidar alianzas y mediar en conflictos internacionales.
El caso de Juana resulta especialmente revelador porque su influencia se desplegó en un contexto de gran inestabilidad, marcado por la Guerra de los Cien Años, las tensiones internas en Francia y la fragilidad de las alianzas anglo-bretonas. Entre 1403 y 1419, Juana actuó como un puente político entre sus hijos, duques de Bretaña, y sus hijastros, reyes de Inglaterra, en un juego diplomático de alto riesgo que acabó costándole la libertad.

La diplomacia como deber y estrategia femenina
Un reciente artículo firmado por la historiadora Elena Woodacre subraya que la diplomacia, lejos de ser un terreno exclusivo de hombres, se convirtió en un ámbito en el que las reinas podían ejercer poder. Inspiradas por humanistas como la humanista Christine de Pizan (1364-1430), que insistía en el deber de las reinas de actuar como mediadoras, muchas mujeres del siglo XV asumieron este papel con convicción. Juana de Navarra se sirvió de las herramientas diplomáticas que tenía a su disposición, como la escritura epistolar, el intercambio de regalos y la mediación en los matrimonios, para consolidar alianzas y evitar guerras.
Estas estrategias, en apariencia informales, resultaban tremendamente efectivas. El envío de cartas o la elección de un presente con fuerte carga simbólica, por ejemplo, eran gestos capaces de transmitir mensajes políticos de peso sin necesidad de recurrir a tratados formales para sancionar una alianza. En este contexto, Juana supo aprovechar su posición como madre, esposa y madrastra de gobernantes para mantener abiertos los canales de comunicación con otras potencias.

De duquesa de Bretaña a reina de Inglaterra
Antes de convertirse en reina de Inglaterra, Juana había sido esposa de Juan IV de Bretaña (1386-1399), con quien tuvo varios hijos, entre ellos Juan V, futuro duque bretón. Ya viuda en 1399, ejerció la regencia del ducado hasta 1402, lo que le permitió familiarizarse con las responsabilidades de gobierno. Su segundo matrimonio, en 1403, la unió al rey Enrique IV de Inglaterra.
Esta unión, negociada en secreto, sorprendió a las cortes europeas. Lejos de reforzar los lazos entre Inglaterra y Bretaña, el matrimonio generó tensiones: Francia reaccionó con hostilidad y los bretones vieron con recelo la nueva posición de su antigua regente. Aun así, Juana mantuvo contacto con su hijo Juan V y pronto se convirtió en mediadora entre ambos reinos.

La diplomacia como reina consorte (1403-1413)
Los primeros años de Juana en Inglaterra se caracterizaron por un clima de enfrentamiento. Bretaña y Francia lanzaron incursiones contra la costa inglesa en 1403 y 1404. Mientras tanto, la reina mantenía correspondencia con su hijo. Los documentos de la cancillería bretona muestran a Juana intercediendo en favor de sus súbditos, gestionando los pagos y velando por la dote de sus hijas.
Uno de sus principales colaboradores fue Jehan du Bois, su secretario personal y enlace entre las cortes de Inglaterra y Bretaña. Gracias a figuras como él, Juana pudo sostener un sistema diplomático secundario, menos evidente, que complementaba las negociaciones oficiales y servía para suavizar las tensiones.
En 1407, su influencia se plasmó en un hecho concreto. Un intercambio de regalos y la gestión de dotes sirvieron para que se firmara una tregua entre Inglaterra y Bretaña. Aunque insólito, el texto del acuerdo reconocía de forma explícita la intervención de la reina. Como parte de su estrategia, además, Juana encargó un fastuoso sepulcro de alabastro para su primer esposo, Juan IV, que se envió a Nantes en 1408. Estos gestos se convertieron en instrumentos de legitimación que permitieron, además, forjar vínculos diplomáticos duraderos.

La diplomacia como reina viuda (1413-1419)
La muerte de Enrique IV en 1413 no implicó el retiro de Juana de la vida política. Como viuda y madrastra del nuevo rey, Enrique V, siguió ejerciendo su influencia. De hecho, su papel diplomático se intensificó en un momento crítico, cuando las campañas inglesas en Francia amenazaban con romper la frágil neutralidad bretona.
Entre 1413 y 1417, Juana envió presentes a su hijo Juan V, sobre todo joyas y diamantes, que simbolizaban la fuerza y la constancia. Estas dádivas se entregaban por mano de sus servidores más cercanos, quienes actuaban como mensajeros oficiosos capaces de transmitir instrucciones verbales junto con los presentes. La práctica se repitió durante las negociaciones de Alençon en 1417, donde el tratado de tregua aludía directamente al deseo de paz expresado por la reina.
No obstante, la creciente implicación de Bretaña en el conflicto franco-inglés y las sospechas hacia los numerosos bretones de su entorno alimentaron los recelos en Inglaterra. En 1419, se arrestó a Juana bajo la acusación de conspirar contra Enrique V, lo que supuso la ruptura más drástica en su trayectoria. Aunque nunca fue juzgada, permaneció recluida hasta 1422, cuando el monarca, en su lecho de muerte, ordenó su liberación.

El precio de la mediación
La caída en desgracia de Juana ilustra la ambigüedad de la diplomacia femenina en la Edad Media. Su capacidad para influir en la política anglo-bretona fue tan notable que se la llegó a percibir como un riesgo para la seguridad del reino. Paradójicamente, la reina recibió castigo precisamente por la misma habilidad diplomática que había mantenido la paz durante años.
Su biografía demuestra que la diplomacia no fue un ámbito reservado en exclusiva a los hombres, sino un terreno donde las mujeres pudieron negociar, mediar y moldear alianzas políticas. Entre 1403 y 1419, Juana se convirtió en el eje de la relación entre Inglaterra y Bretaña, empleando regalos, cartas y vínculos familiares para frenar hostilidades y consolidar treguas.
El episodio revela cómo la política de los reinos medievales no dependía solo de embajadores y tratados oficiales, sino también de figuras situadas en los márgenes del poder formal. En el caso de Juana, su actividad como mediadora entre las familias reales europeas, su red de agentes y su insistencia en la paz constituyeron un ejemplo sobresaliente de la diplomacia ejercida por mujeres.
Referencias
- Woodacre E. 2025. "Diplomacy, family ties and divided loyalties: Joan of Navarre as a queenly diplomat". En la España Medieval, 48, 19-32. DOI: https://doi.org/10.5209/elem.100986