Según Francis Bacon, hubo tres inventos de orígenes inciertos que contribuyeron a transformar el mundo antiguo para llevarlo hacia la modernidad: el papel, el arte de imprimir y la pólvora. Este filósofo inglés del siglo xvi murió sin saber que dichos hallazgos procedían de China, lo mismo que otros muchos, como demostró en el siglo xx Joseph Needham (1900-1995), reputado sinólogo británico, miembro de la Royal Society y de la British Academy. En su exhaustivo estudio Science and Civilization in China, Needham recopiló la historia de los avances originados en el gran país asiático en la Antigüedad y las edades Media y Moderna, y explicó cómo fueron llegando a Europa por etapas.
Sin duda, las tres invenciones que Bacon señaló fueron de importancia vital para la humanidad, pero se olvidó de otra fundamental: el cultivo en surcos, que se implantó en Europa en el siglo xviii. Lo sorprendente es que los chinos ya conocían ese sistema desde el siglo vi a. C., así que nos llevaban unos 2200 años de ventaja en un aspecto tan crucial y estratégico como es la agricultura intensiva.
Dos milenios por delante
En 1713, el agrónomo inglés Jethro Tull inició una campaña para convencer a los campesinos europeos de que adoptaran la llamada labranza de roza con caballería, que consistía en roturar los campos y desherbarlos. Tull fue el inventor de una máquina sembradora de tracción animal que permitía arar y sembrar extensos terrenos con pocos hombres, a base de repartir las semillas con regularidad, lo que facilitaba el aprovechamiento del suelo. Por eso es considerado uno de los pioneros de las revoluciones agrícola e industrial británicas, pero tampoco sabía que los asiáticos iban más de dos mil años por delante.
Un tratado chino del siglo iii a. C. titulado Anales de primavera y otoño del maestro Lu ya afirmaba lo siguiente: «Si las plantas se cultivan en surcos madurarán rápidamente, porque crecerán sin mezclarse las unas con las otras». Se sabe que los sumerios utilizaban una sembradora de un solo surco hace 3500 años, pero fueron los chinos los que idearon la de tubos múltiples, hace unos 2200 años. El ingenio era arrastrado por un animal –caballo, mula o buey– e iba soltando las semillas a un ritmo controlado en las zanjas previamente aradas.
De China también procede la invención en el siglo ii a. C. de un aventador rotatorio de cereales, que es el método que se emplea para separar la cáscara y el tallo de los cereales después de la siega y de la trilla. El cereal se colocaba en una tolva y se sometía a corrientes producidas por un aventador que funcionaba accionado por una manivela. El aire expulsaba los desperdicios por un compartimento, y dejaba el grano limpio y amontonado. Los holandeses introdujeron este ingenio agrícola en Europa en el 1700.

Del hierro al acero
Otro sinólogo británico, Robert K. G. Temple, publicó en 1948 un libro que resumía en tono didáctico las investigaciones de Needham sobre los avances chinos en ciencia y tecnología. En él revela que muchos inventos básicos sobre los que se apoya el mundo moderno son originarios del país asiático: entre otros, el papel, la suspensión Cardán, la cometa, las primeras brújulas, los mástiles, el timón, el sistema decimal, el estribo, la laca, la cartografía, la porcelana, la correa de transmisión, la energía hidráulica, la carretilla, la guerra química y las ballestas. Y si fueron geniales en matemáticas y en las técnicas del cultivo intensivo, también lo fueron en la fundición del hierro.
Cuando aprendieron a producir este metal en su versión maleable, no quebradiza, pudieron fabricar arados más complejos y resistentes. Es cierto que en Escandinavia se crearon altos hornos para fundir el hierro a finales del siglo viii, que se extendieron por Europa hacia 1380, pero los chinos usaban esta técnica al menos desde el siglo iv a. C. Poseían buenas arcillas refractarias para construir las paredes de los altos hornos y sabían cómo reducir la temperatura de fusión del metal. En 119 a. C., la dinastía Han nacionalizó su producción, que se convirtió en monopolio del emperador. Esta industria potenció la fabricación masiva de azadas, arados, cuchillos, sierras, hachas, cacerolas y grandes sartenes de paredes muy delgadas que facilitaban la obtención a gran escala de sal por evaporación de la salmuera.
El desarrollo de la industria metalúrgica también hizo posible la puesta en pie de las pagodas de hierro de Luoning (1105) y Kaifeng, y la construcción de fantásticos puentes colgantes. Los asiáticos también producían acero a partir del hierro fundido, técnica que controlaron desde al menos el siglo ii a. C. «En 1845, el estadounidense William Kelly llevó a Kentucky a dos expertos chinos que le enseñaron los principios de la producción siderúrgica que se empleaba en su país desde hacía más de 2000 años, tras lo cual hizo ciertos descubrimientos por su cuenta», recuerda Temple.
En realidad, los chinos no fueron los primeros en fabricar acero, pero sí los inventores de dos procesos para lograrlo. El primero consistía en despojar de carbón el hierro fundido (siglo ii a. C.) y el segundo (siglo v) unía este metal forjado para conseguir un punto intermedio con todas las propiedades deseables del acero. Esencialmente es el mismo proceso de Martin y Siemens de 1863, pero 1400 años antes.
Al centro de la Tierra
Otro logro del país asiático fue la capacidad de hacer grandes perforaciones, ya en el siglo i a. C., hasta más de 1500 m de profundidad para buscar sal. Si las perforadoras traspasaban el nivel de la salmuera, se liberaban enormes cantidades de gas natural, sobre todo metano. Por eso, la extracción de sal y de gas se desarrollaron simultáneamente. Las torres de perforación alcanzaban 55 m de altura. En ellas se suspendían las barrenas mediante cables de bambú.
Los chinos contaban con brocas de hierro fundido, pero la única energía disponible para lanzar las barrenas era la humana. «Los pozos se recubrían con tuberías herméticas de bambú que tenían ensambladuras macho-hembra. Así no se filtraba agua al perforar», explica sobre el proceso Temple. Una vez extraída, la salmuera se elevaba varios metros por encima del nivel del suelo y se distribuía mediante una compleja red de tuberías por varios kilómetros a la redonda. Después se vertía en enormes sartenes de hierro fundido que se ponían al fuego para que se evaporara y quedara la sal. Esta técnica no se difundió por Europa hasta 1834. Treinta años después, los norteamericanos perforaron con ella un pozo en Pensilvania para obtener petróleo.

Equitación sin secretos
Hasta el siglo viii, el único arreo que se conocía en Occidente era el arnés de collar y cincha, que asfixiaba al animal. Pero en el siglo iv a. C., los chinos ya habían ideado un arnés que protegía al caballo y le permitía acarrear más carga. Se trataba de un yugo colocado en el pecho, con unas correas que se unían a las varas de un carro. Tres siglos después, en el i a. C., apareció en China el arnés acolchado de collera, que evitaba rozaduras en la piel del animal.
También en ese país se inventaron en el siglo iii los estribos de metal. La representación más antigua que se conserva corresponde a una figura de cerámica de un jinete hallada en una tumba de Changsha del 302. Este ingenio, que permitía el control total sobre la montura, pasó a Corea y de ahí a otros lugares de Asia. Los ejércitos de la Antigüedad –egipcios, persas, griegos, asirios, babilonios o romanos– no conocían el estribo. Sus jinetes combatían sin poder apoyar los pies, y tenían serias dificultades para subir al caballo. Gracias a sus avances en la fundición de hierro, los chinos idearon este ingenio de metal que facilitaba el manejo de la montura y permitió el desarrollo de la caballería en todo el mundo.
En medicina, debemos a la antigua cultura del país asiático el descubrimiento de la circulación de la sangre, los ritmos circadianos del cuerpo humano o las enfermedades carenciales. Y en otros campos, su aportación fue crucial. Por ejemplo, Needham cree que la carretilla fue inventada por los chinos en el siglo i a. C., aunque es probable que existiera antes de esa fecha. La representación más antigua que se conserva, datada hacia el año 100, se encuentra en un friso hallado en un sepulcro cerca de Hsuchow. En otra ilustración de la misma época de una tumba de la provincia de Szechuan, se puede apreciar a un hombre empujando uno de estos artilugios, que fueron desconocidos en Europa hasta el siglo xii. La imagen más antigua (1220) está en una vidriera de la catedral francesa de Chartres.
Las primeras brújulas, que eran un simple trozo de piedra imán, se remontan al siglo iv a. C., según el Libro del maestro del valle del Diablo, de esa época: «Cuando los habitantes de Cheng van a coger jade, llevan un aparato que señala el sur para no perarnés que protegía al caballo y le permitía acarrear más carga. Se trataba de un yugo colocado en el pecho, con unas correas que se unían a las derse». Los modelos primitivos no llevaban aguja, y los indicadores magnéticos tenían forma de cuchara, de pez o de tortuga.

Maestros ceramistas
A inicios del siglo iv, casi 150 años antes de la caída del Imperio romano (476), los chinos inventaron la porcelana, que se fabricaba con un cuerpo de arcilla fundida cubierta por un barniz. «El secreto radica en el proceso de vitrificación o empleo de arcilla pura o caolín, que cuando se calienta a una temperatura suficientemente alta cambia de estado», recuerda el ya mencionado sinólogo británico, Robert K. G. Temple.
Por su parte, Needham cree que este material ya se fabricaba en China en el siglo xi a. C., pero no se trataba de porcelana propiamente dicha. Los descubrimientos arqueológicos parecen demostrar que la técnica apareció en el siglo i, y los métodos de fabricación eran secreto de Estado. De hecho, en el siglo xv los objetos de porcelana eran todavía una rareza en Europa, y solo tres siglos más tarde su industria alcanzó pleno desarrollo en nuestro continente.
La mayoría de los inventos de China llegaron a Occidente por etapas. Es probable que en el siglo xii, las cruzadas contribuyeran a transmitir las técnicas de fabricación del papel y de la carretilla. Después, Marco Polo y los navegantes holandeses y portugueses del siglo xvi trajeron otros inventos chinos antiguos. Lo extraño es que sus conocimientos no los situaran por delante de Europa en el siglo xix.