Se cumplen 20 años del huracán Katrina: las condiciones que lo hicieron devastador (y por qué podría repetirse)

Dos décadas después de la catástrofe que marcó un antes y un después en la historia moderna de Estados Unidos, Nueva Orleans sigue buscando respuestas y dignidad en medio de los escombros de su pasado.
A veinte años del impacto histórico de Katrina, su memoria sigue viva
A veinte años del impacto histórico de Katrina, su memoria sigue viva. Foto: Wikimedia

La madrugada del 29 de agosto de 2005, el cielo sobre Nueva Orleans se oscureció como si la ciudad fuera a desaparecer. No por la lluvia ni por el viento, sino por la fuerza implacable del agua que venía detrás. Cuando el huracán Katrina tocó tierra, los meteorólogos sabían que estaban presenciando algo distinto, algo que no encajaba del todo en sus mapas ni en sus escalas.

El ciclón había crecido hasta ocupar casi todo el Golfo de México. Más de 800 kilómetros de ancho, con una energía que solo podía haber sido alimentada por océanos más cálidos de lo normal. Alcanzó la categoría 5 en su trayecto, aunque bajó a categoría 3 en el momento del impacto. Pero esa clasificación resultó engañosa. Katrina no solo era viento: era una máquina de marejada, una bomba de agua capaz de poner en jaque a una ciudad entera construida bajo el nivel del mar.

Al principio, la sensación era de alivio. Nueva Orleans no había recibido un golpe frontal. Pero la falsa calma duró poco. En cuestión de horas, los muros de contención comenzaron a fallar, uno tras otro. Las defensas hidráulicas, diseñadas por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército, no estaban preparadas para una presión tan prolongada. No fue un derrumbe violento, sino una rendición por agotamiento. En 48 horas, el 80% de la ciudad quedó sumergido.

El día que el sistema colapsó

Las imágenes que llegaron después recorrieron el mundo como una advertencia: techos convertidos en islas, ancianos rescatados en botes inflables, madres con bebés atrapadas en autopistas elevadas. El Superdome, símbolo deportivo de la ciudad, se transformó en un refugio de emergencia que no tenía agua potable ni electricidad. Allí se hacinaron más de 30.000 personas durante días, mientras el calor y la desesperación se acumulaban como otro tipo de tormenta.

Pero la tragedia no fue solo meteorológica. Fue también política, estructural, racial. La ayuda federal tardó demasiado. El caos en la comunicación, las órdenes contradictorias y la falta de liderazgo convirtieron el desastre natural en una catástrofe humana. No era una operación de rescate, era una operación de abandono, llegó a decir uno de los oficiales desplegados días después.

El general Russel Honoré, que asumió el control de la respuesta militar, describió la escena como una zona de guerra sin enemigo. El colapso era total: tráfico detenido, hospitales sin funcionar, barrios enteros sin contacto con el exterior. La narrativa se desvió hacia la criminalización de los damnificados, alimentando una imagen distorsionada de caos y saqueos. Mientras tanto, cuerpos flotaban por las calles y miles esperaban ayuda que nunca llegaba.

El entonces director de FEMA, Michael Brown, renunció poco después en medio de acusaciones de incompetencia. La imagen del presidente Bush mirando el desastre desde la ventanilla de un avión presidencial se volvió el símbolo de una administración ausente.

Desde el aire, el histórico barrio de Lower Ninth Ward parecía una isla sumergida: el agua lo rodeaba todo tras la devastación del 30 de agosto de 2005
Desde el aire, el histórico barrio de Lower Ninth Ward parecía una isla sumergida: el agua lo rodeaba todo tras la devastación del 30 de agosto de 2005. Foto: Smiley N. Pool/Houston Chronicle

Las heridas que siguen abiertas

Los datos finales hablan de cerca de 1.800 muertos y más de 1,5 millones de desplazados. El impacto económico superó los 200.000 millones de dólares, convirtiendo a Katrina en el huracán más costoso en la historia de Estados Unidos. Pero más allá de las cifras, lo que quedó fue una cicatriz urbana, social y emocional que aún no ha cerrado del todo.

Barrios enteros como el Lower Ninth Ward quedaron prácticamente arrasados. Allí, la combinación de pobreza, abandono institucional y exposición geográfica se convirtió en una trampa mortal. Veinte años después, muchas de sus calles siguen oscuras por la noche, con señales rotas, farolas apagadas y solares vacíos.

La población negra de Nueva Orleans, que antes del huracán era mayoría, se redujo en más de 100.000 personas. Muchos nunca regresaron. Las promesas de reconstrucción quedaron a medio cumplir. El acceso a la vivienda se volvió más difícil. La gentrificación avanzó, beneficiando a unos pocos y desplazando a otros tantos.

En el imaginario colectivo, Nueva Orleans sobrevivió. Pero esa narrativa, cargada de resiliencia, también esconde una pregunta incómoda: ¿basta con resistir?

El riesgo de otro desastre está más cerca de lo que creemos

Desde 2005, la tecnología de predicción ha avanzado enormemente. Gracias a nuevas herramientas satelitales, supercomputadoras y sensores oceánicos, la NOAA asegura haber mejorado la precisión de sus pronósticos en un 50%. Hoy es posible anticipar la trayectoria de un huracán con siete días de antelación, y predecir no solo su intensidad, sino también su impacto en lluvias, tornados o marejadas.

Pero esa red de protección está en peligro. Recortes presupuestarios impulsados por el Congreso de Estados Unidos amenazan con retirar la financiación a proyectos clave, como el Hurricane Forecast Improvement Program en el país. Y si los sistemas de alerta fallan, toda la cadena de respuesta queda comprometida.

El agua desbordó el canal de navegación del puerto interior de Nueva Orleans el 30 de agosto de 2005
El agua desbordó el canal de navegación del puerto interior de Nueva Orleans el 30 de agosto de 2005. Foto: Vincent Laforet/Pool

FEMA, la agencia que debería coordinar emergencias a nivel nacional, vive una de sus peores crisis internas. Un tercio de su personal permanente ha renunciado en el último año. Una carta firmada por más de 180 empleados, conocida como la “Declaración Katrina”, acusa al gobierno de repetir los errores de hace dos décadas: falta de experiencia, improvisación, desinterés.

Todo esto ocurre en un contexto climático cada vez más extremo. En los últimos ocho años, EE.UU. ha sufrido más huracanes de categoría 4 o 5 que en los cincuenta años anteriores. Las temperaturas del Atlántico están en niveles récord. Y ciudades como Nueva Orleans, que ya enfrentan un ascenso del nivel del mar y la desaparición acelerada de humedales, son más vulnerables que nunca.

Este año, el gobernador de Luisiana canceló un proyecto clave para restaurar los pantanos costeros que actuaban como amortiguadores naturales contra las tormentas. La decisión, tomada por motivos presupuestarios, deja aún más expuesta a una región que ya ha pagado un precio demasiado alto.

A veinte años de Katrina, no hay garantías. Solo una certeza incómoda: las condiciones que hicieron posible aquella tragedia no solo persisten, sino que han empeorado en varios aspectos. El cambio climático ha redoblado la amenaza. Y la pregunta no es si habrá otro desastre. Es cuándo.

En Nueva Orleans, el tiempo ha pasado. Pero no lo suficiente.

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