Los foros, las termas, los grandes templos y las villas señoriales revelan esa Roma mítica, entre lo real y lo imaginario, en la que se funden el esplendor, el lujo y la decadencia. La antigüedad, sin embargo, también se puede explorar de otros modos. ¿Y si nos decidiésemos a recorrer el Imperio romano guiándonos, únicamente, a través del olfato? ¿Seguiríamos reconociendo a la capital imperial o a cualquiera de las grandes ciudades fundadas por los romanos? Para los romanos, los olores, cargados de significados sociales, políticos e incluso morales, constituían una parte fundamental de la vida cotidiana. Nos embarcamos, a continuación, en viaje olfativo por Roma que revela cómo los romanos interpretaban el mundo que los rodeaba a través de la nariz.
La jerarquía de los sentidos en Roma
En el mundo romano, el olfato ocupaba un lugar ambivalente. Aunque solía asociarse con la animalidad y los instintos, también podía convertirse en una herramienta crítica para evaluar la moralidad, la limpieza y el estatus social de los individuuos. A diferencia de los sentidos considerados nobles, como la vista o el oído, el olfato se relacionaba con aspectos del cuerpo que escapaban al control racional. No obstante, esto no lo convertía en un sentido menor.
Autores como Plinio el Viejo, Séneca o Juvenal registraron en sus obras cómo ciertos olores indicaban bien la decadencia, bien la virtud. El hedor no se consideraba una mera molestia, sino que representaba la corrupción, el desorden o la pobreza. Por el contrario, las fragancias agradables se vinculaban con el lujo, el refinamiento y el poder.

El olor de la ciudad: un retrato urbano
La Roma imperial se caracterizaba por ser una ciudad densamente poblada que alcanzó más de un millón de habitantes en el siglo I d.C. En este contexto urbano, los olores se convertían en una parte inevitable de la vida cotidiana. Las calles congestionadas, los mercados al aire libre, las cloacas abiertas y los animales de carga creaban un paisaje olfativo denso y cargado que, con frecuencia, resultaba abrumador.
Uno de los olores más característicos de la ciudad era el del estiércol y la orina, elementos omnipresentes en una urbe desprovisto de los modernos sistemas de saneamiento. Las letrinas públicas se repartían por toda la ciudad, pero no siempre resultaban suficientes para responder de manera eficaz a las exigencias de la creciente población urbana. Además, los excrementos humanos y animales se recogían y utilizaban con fines agrícolas o industriales, como el curtido del cuero, lo que incrementaba aún más la presencia de estos aromas en el aire.
El río Tíber, fundamental para la vida de Roma, se convirtió en una fuente habitual de malos olores. En él se vertían residuos domésticos e industriales y su estancamiento en algunas zonas acentuaba los miasmas. Aunque vital para el comercio y la agricultura, el Tíber se convirtió en un río maloliente que determinó el paisaje olfativo romano.

Perfumes, pomadas y cosmética: el lujo del buen olor
Frente a la pestilencia urbana, las élites romanas desplegaban todo un arsenal de fragancias para marcar su estatus. El uso de perfumes se percibía como un signo de refinamiento y civilización, aunque también podía convertirse en objeto de chanza si se percibía como excesivo o afeminado. El ciudadano varón que se perfumaba en exceso podía suscitar burlas, como atestiguan las sátiras de Juvenal, quien ridiculiza a los hombres que olían “como mujeres”.
Los perfumes se aplicaban en el cuerpo, la ropa e incluso en los muebles y paredes del hogar. Existía toda una industria dedicada a su elaboración y venta, con tiendas especializadas en zonas como el Campo de Marte. Plinio el Viejo menciona recetas complejas de perfumería que combinaban ingredientes como el nardo, la canela, la mirra, el azafrán y el aceite de oliva. Las esencias provenían de Arabia, la India o el norte de África, y su precio podía ser elevadísimo.

Olores y política: el poder de lo invisible
Los olores no solo dividían a las clases sociales, sino que también servían como instrumentos de control y poder. El emperador y los miembros de la aristocracia, por ejemplo, se rodeaban de aromas agradables para reforzar su aura de divinidad o superioridad moral. Nerón, sin ir más lejos, se recuerda por haber ordenado la dispersión de perfumes sobre los asistentes durante sus banquetes, como parte de un espectáculo sensorial que le servía para afirmar su autoridad.
El control olfativo de los ambientes también era una forma de organizar el espacio urbano y de mantener la jerarquía social. Las zonas pobres de la ciudad se asociaban con la pestilencia, mientras que las villas suburbanas, aireadas y rodeadas de jardines perfumados, se convertían en refugios sensoriales de las élites. Esta distribución espacial de los olores reforzaba una visión moral del espacio: el buen olor estaba asociado al orden y la civilización; el mal olor, a la marginalidad y el desorden.
La pestilencia como advertencia moral
En la literatura romana, el hedor también cumplía una función ética. Los olores desagradables no solo provocaban rechazo físico, sino que se interpretaban como síntomas de decadencia moral o transgresión social. El cuerpo que olía mal era sospechoso: o bien estaba enfermo, o bien se consideraba sucio, vago o inmoral.
Los médicos, como Galeno, recomendaban el uso de aromas para mantener el equilibrio corporal, según los principios de la teoría de los humores. El olor del cuerpo podía indicar un desequilibrio interno y, por tanto, debía corregirse con perfumes o baños. En este sentido, el olfato ejercía su función como herramienta diagnóstica y terapéutica.

El olor de la muerte
En los funerales de la Roma imperial, se utilizaban inciensos y ungüentos tanto para honrar a los muertos como para neutralizar el olor de la descomposición y preservar la dignidad del difunto. En una sociedad en la que el hedor se interpretaba como signo de impureza, corrupción o castigo divino, los cadáveres representaban una amenaza tanto física como moral.
El olor del cuerpo en descomposición se entendía como una manifestación sensorial del tránsito desordenado entre la vida y la muerte y, por ello, debía gestionarse a través de rituales olfativos. Los funerales romanos incluían el uso sistemático de perfumes como el nardo o la mirra, así como la quema de resinas aromáticas, como el incienso, que se esparcían por el lugar del velatorio y la procesión fúnebre. Este uso no tenía únicamente una función higiénica: los olores agradables ayudaban a domesticar el proceso de la muerte y a facilitar el paso del cuerpo a su nueva condición en el más allá.
Además, estos gestos reflejaban el estatus del difunto: a mayor cantidad y calidad de aromas utilizados, mayor prestigio y respeto se otorgaba a la persona fallecida. Así, el control del olor del cadáver se convirtió en un elemento esencial del ritual funerario romano.

Un imperio contado a través de los olores
Como ha demostrado la investigación histórica de las útlimas décadas, la historia del Imperio romano también se puede oler. A través de sus fragancias y hedores, la antigua Roma revela una dimensión sensorial que marcaba profundamente las estructuras sociales, políticas y culturales.
El olfato permitía a los romanos interpretar su entorno, establecer jerarquías y expresar valores morales. Desde los mercados abarrotados hasta los jardines perfumados de las villas imperiales, desde los rituales religiosos hasta las letrinas públicas, el mundo romano estaba impregnado de olores que marcaban el paso de la vida cotidiana.
Referencias
- Koloski-Ostrow, Ann Olga. 2014. "Roman Urban Smells: The Archaeological Evidence 1", en M. Bradley (ed.), Smell and the ancient senses, pp. 90-109. Routledge.