En los albores de la civilización, la guerra no era aún un arte reglado ni una maquinaria de poder. Era, más bien, una necesidad urgente de defensa frente a saqueadores o una lucha por el control de fuentes de agua y tierras fértiles. Pero a medida que las primeras sociedades complejas emergieron en Mesopotamia, el valle del Nilo, el Indo o China, esa necesidad se transformó. Nacieron los primeros ejércitos organizados, embriones de lo que más tarde serían imperios capaces de conquistar continentes.
En el Antiguo Egipto, esos cuerpos armados fueron, al principio, pequeños destacamentos al servicio del faraón. Guardianes más simbólicos que operativos. Sin embargo, la llegada de pueblos invasores como los hicsos y la necesidad de expandir fronteras provocaron una transformación militar radical. Se introdujeron carros de guerra, arcos compuestos y soldados de carrera, muchos de ellos extranjeros como los mercenarios nubios o los infames medjay, una fuerza de élite con funciones que iban desde proteger la frontera hasta ejercer de policía interna y escolta real.
El fenómeno no fue exclusivo del Nilo. En el Creciente Fértil, imperios como el asirio o el babilonio desarrollaron verdaderas máquinas militares que combinaban fuerza bruta con estrategia. Por su parte, Persia perfeccionó la integración de diversas etnias bajo un mando común, logrando ejércitos tan disciplinados como los Inmortales, una unidad que ejemplificaba el poderío logístico y simbólico del Imperio aqueménida.
A lo largo de casi tres milenios, la guerra en la Antigüedad pasó de las escaramuzas locales a los conflictos imperiales, donde los soldados se convertían en instrumentos del destino de civilizaciones enteras. Las armas evolucionaron, se sistematizaron las jerarquías y surgió una nueva figura: el militar profesional, alejado del campesino que empuñaba una lanza por obligación.
Desde los primeros destacamentos del Imperio Medio egipcio hasta los complejos ejércitos de las grandes potencias del Oriente Próximo, la Antigüedad fue el laboratorio en el que se forjó la idea del ejército como institución. Y para comprender cómo fue ese proceso —cuáles fueron los cuerpos de élite, qué papel jugaron los carros de guerra o cómo surgieron las divisiones militares organizadas por dioses y comandadas por generales con poderes casi sacerdotales—, te dejamos en exclusiva con un extracto del primer capítulo del libro Grandes guerreros y ejércitos de la historia, de Javier Ramos, publicado por la editorial Pinolia.
Edad Antigua, escrito por Javier Ramos
Hace unos 4 500 años surgieron en Mesopotamia, el Mediterráneo oriental, el valle del Indo y China las primeras sociedades complejas con poblaciones sedentarias organizadas en torno a tierras en las que se practicaba una intensa agricultura de regadío. En la protección y conquista de estas tierras está el origen de las primeras formaciones armadas cuando las poblaciones, que se autoabastecen y se fortifican, comienzan a crecer.
Los primeros ejércitos de la antigüedad no eran formaciones muy numerosas; servían a los soberanos como cuerpos de guardia personal, aunque no fue hasta bien entrado el Imperio Medio egipcio, entre 2055 y 1610 a. C., cuando los ejércitos incorporaron guerreros «profesionales », como es el caso de los mazoi, mercenarios nubios a las órdenes de los reyes de Menfis.
Fueron los hicsos, procedentes de Siria, quienes introdujeron en Egipto el caballo y el casco como armas de guerra. Las culturas de Mesopotamia, Asiria, Babilonia y Persia, que dominaron Oriente Medio entre los siglos IV y V a. C., usaron carros pesados y caballería, además de maquinarias de asedio.
Casi 3 200 años transcurren desde la fundación del Imperio Antiguo en Egipto hasta el año 476 d. C., cuando el rey germano de los hérulos Odoacro termina con el Imperio de Occidente. Un periodo en el que los ejércitos pasaron de ser pequeñas formaciones al servicio de endiosados soberanos a grandes cuerpos profesionales, con multitud de grados y funciones diferentes y perfectamente definidas.
Los Medjay: guardianes de las fronteras y del orden en el Antiguo Egipto
Eran la guardia de élite que protegía la vida del faraón y de su familia, pero, al parecer, su papel era más amplio. Los medjay fueron una antigua fuerza policial y militar en el antiguo Egipto que se remonta al periodo del Imperio Antiguo (2686-2181 a. C.). Originarios de la región de Nubia, en el sur del país del Nilo, los medjay se convirtieron en una parte vital de la estructura de seguridad del país. Eran conocidos por su habilidad en la caza, el rastreo y la lucha, y ejercían como guardias fronterizos, protegiendo el sur del país contra invasiones y amenazas extranjeras. Con el tiempo, los medjay también fueron empleados por los faraones como policía y fuerzas de seguridad en las ciudades y regiones del interior de Egipto para combatir el crimen. Su reputación como expertos rastreadores y luchadores los convirtió en una parte crucial del aparato de seguridad del antiguo Egipto.
Los medjay no solo eran conocidos por sus habilidades militares, sino también por su profundo conocimiento de la región del desierto y sus capacidades para sobrevivir en condiciones adversas. A menudo eran reclutados para misiones especiales y tareas de inteligencia debido a su experiencia en el terreno. Aunque los medjay se asocian comúnmente con el periodo del Imperio Antiguo, continuaron desempeñando un papel importante en la seguridad y la defensa de Egipto durante varios siglos, incluso durante el periodo del Imperio Nuevo (1550-1070 a. C.). Sin embargo, con el tiempo, su importancia disminuyó y su papel fue asumido por otras fuerzas militares y policiales dentro del estado egipcio.
Los medjay eran una casta militar cuya presencia se remonta al periodo predinástico, alrededor de 3100-2686 a. C., pero alcanzaron su apogeo durante el Imperio Antiguo y el Imperio Nuevo, en especial durante la dinastía XVIII bajo el reinado de faraones como Tutmosis III y Ramsés II. Procedentes del norte de Sudán, es muy probable que fueran reclutados como mercenarios de entre las tribus nómadas del desierto o forzados a entrar en el ejército tras ser hechos prisioneros.

Habitaban una extensión de tierra que se ubicaba a lo largo del mar Rojo y el desierto oriental limitando con el territorio egipcio. No hay duda de que los medjay habrían vivido unas vidas increíblemente duras y brutales. Desafiando el calor agobiante y con poca comida o agua, el medjay promedio era considerablemente más robusto y duradero que sus primos que vivían en las ciudades de Egipto. Los medjay eran altamente respetados y a menudo se les otorgaban privilegios especiales como tierras y un estatus social elevado. A pesar de su origen humilde, algunos medjay ascendieron en la jerarquía egipcia y se convirtieron en funcionarios de alto rango.
Durante el Imperio Nuevo, los faraones emplearon a los medjay como una fuerza de élite en sus campañas militares, confiando en su experiencia en el terreno y su destreza en la lucha. También desempeñaron un papel crucial en la protección de las caravanas comerciales que viajaban por el desierto y en la vigilancia de las rutas comerciales. Su presencia disuasoria y su capacidad para responder rápidamente a cualquier emergencia los convirtieron en los guardianes indiscutibles de la integridad territorial del reino.
Además de sus funciones militares, los medjay también ejercían como policía en las ciudades y pueblos del antiguo Egipto, investigando crímenes y manteniendo el orden público. Su reputación como expertos rastreadores y justicieros los convirtió en una fuerza respetada y temida en todo el país. Además, tenían responsabilidades ceremoniales y religiosas, participando en festivales y rituales importantes.
Su legado ha sido inmortalizado en artefactos antiguos, inscripciones y registros históricos, lo que nos brinda una visión fascinante de su papel en la sociedad egipcia antigua. Quizá por lo que son más conocidos, gracias a las películas modernas, es porque el faraón y la familia real contrataban a los medjay para que fueran sus guardaespaldas personales. Su estatus se reflejaba en su uniforme, ya que todos llevaban insignias del Ojo de Horus, Wadjet e insignias para que pudieran ser reconocidos y respetados al instante.
Estaban obligados a moverse con rapidez. Los medjay eran unidades ligeras cuyo equipo más habitual constaba de armas de filo como el khopesh (espada de hoja curva similar a una hoz) y armas a distancia como el arco compuesto, que sumaba materiales diversos en su composición para conseguir una mayor potencia y alcance. Las protecciones corporales se desconocían por completo, pero existía una excepción: los escudos, que no eran otra cosa que un rudimentario armazón de madera de un metro de alto, terminado en punta y con la base plana, reforzado por una tensada piel de vaca. Al parecer, los egipcios batallaban vestidos tan solo con su faldellín y cubiertos por su escudo.
La tumba de Tutankamón nos proporciona un episodio contrastado sobre la eficacia, o falta de ella, de estos policías de la necrópolis real. La tumba fue saqueada nada menos que en dos ocasiones. Quizá las patrullas se limitaran a recorrer los acantilados que rodean el wadi, porque, si no, resulta complicado entender que los medjay no vieran ni escucharan a un grupo de varias personas horadando el relleno de escombros que sellaba el acceso a la cámara KV 62.
El harén real del faraón se quedaba fuera de las obligaciones de vigilancia de los medjay, cuya seguridad se encomendaba a unos hombres que recibían el nombre de «sasha». Tenemos una información más detallada del policía Mahu, quien como «jefe de los medjay de Akhetatón » le correspondía mantener el orden en la ciudad de Amarna. De pie y apoyado en un bastón que denota autoridad, el jefe de policía recibía los informes orales de lo que había sucedido durante la noche. Además de las labores diarias, Mahu tenía que encargarse de la seguridad de sus soberanos.

Ejército imperial
Si hablamos del ejército oficial del Antiguo Egipto, hay que decir que desempeñó un papel crucial en la historia y la supervivencia del imperio a lo largo de milenios. Durante diferentes épocas, desde el Antiguo Reino hasta el periodo tardío, el ejército experimentó cambios significativos en su organización, composición y estrategias militares.
Fue con el Imperio Medio (2055-1610 a. C.), cuando el poder egipcio gobernaba toda Nubia y gran parte del levante mediterráneo, donde hallamos un ejército permanente en el que los soldados ya eran militares y no simples ciudadanos. Los combatientes no se confundían con la población civil y los faraones tebanos distinguían a sus generales y soldados otorgándoles armas de honor y emblemas como el «oro del premio real», que llevaban como un collar.
El ejército egipcio estaba organizado jerárquicamente y tenía una estructura militar bien definida. En la cima se encontraba el faraón, quien era considerado el comandante supremo de las fuerzas armadas y a menudo lideraba las campañas militares personalmente. Bajo su liderazgo estaban los generales, quienes dirigían las diferentes ramas del ejército y comandaban a los soldados en el campo de batalla. La milicia egipcia estaba compuesta principalmente por soldados de infantería y arqueros, pero también incluía unidades de caballería, carros de guerra y, en periodos posteriores, incluso una flota naval que surcaba el Nilo y el Mediterráneo. Los soldados se reclutaban entre los campesinos y trabajadores del estado, y el servicio militar era obligatorio para los hombres en edad de luchar.
Los soldados egipcios llevaban una variedad de armas que incluía lanzas, espadas, arcos y escudos. Durante el periodo del Imperio Nuevo, los carros de guerra jugaron un papel importante en la estrategia militar, utilizándose para el transporte de tropas y como plataformas móviles de ataque. Se trataba de un vehículo ligero compuesto por una caja de madera sujeta a la cruz, que formaban el eje de las ruedas y la lanza del carro, en cuyo extremo iban unidos los dos caballos que arrastraban el carro. Dentro iban un conductor y un guerrero que se convirtieron en la élite, no solo del ejército, sino también de la sociedad de la época. Surgió entonces una aristocracia militar hereditaria y el ejército se organizó en grandes cuerpos armados bajo la protección de los grandes dioses: Amón, Ra, Ptah y Seth.
El total del ejército lo formaban cuatro divisiones bautizadas con el nombre de un dios y de hasta 5 000 soldados cada una. Estas divisiones estaban formadas por brigadas de 500 hombres (mínimo dos), divididas en regimientos de 250 infantes. Cada regimiento constaba de cinco pelotones de 50 soldados cada uno y cada pelotón estaba compuesto por escuadras de diez infantes.
Usaban cascos, escudos y corazas de hojas de metal. Incorporaron la espada a su armamento y pusieron en práctica las primeras tácticas de guerra: escogían el terreno para el enfrentamiento, alineaban a sus tropas y atacaban formados en cuadros de cien por cien hombres protegidos por carros con uno o dos arqueros. Los nobles y militares profesionales disponían de arcos compuestos hechos de piezas de madera ensambladas con fibras y astas.
Los ejércitos egipcios del Imperio Nuevo estaban constituidos por enormes formaciones de lanceros, apoyados por una proporción similar de arqueros. La manera de combatir de la infantería egipcia era bastante sencilla: los arqueros lanzaban una lluvia de flechas sobre el enemigo, tras lo cual los lanceros realizaban una carga. Una vez arrojadas sus lanzas, apelaban a sus armas de mano para el combate cuerpo a cuerpo. Los ejércitos faraónicos contaban con mercenarios, en su mayoría libios y nubios, que eran famosos por su habilidad como arqueros. Los nubios usaban flechas especiales con punta de sílex. Los sherden, uno de los llamados Pueblos del Mar, formaban la guardia personal del faraón.
Los documentos encontrados en la fortaleza nubia de Uronarti parecen indicar que la ración básica del soldado era un heqat, equivalente a 4,54 litros de trigo y dos tercios de heqat de cebada a la semana. Esta magra ración se debía suplementar con otro tipo de ingresos porque nadie hace la guerra con el estómago vacío.
Fuerza, disciplina y movilidad sorpresa
Las tácticas militares egipcias se basaban en gran medida en la fuerza bruta y la disciplina, con un énfasis en la formación de batalla, la coordinación entre las diferentes unidades, la movilidad y la sorpresa para obtener ventaja sobre el enemigo. Las campañas en campo abierto se llevaban a cabo tanto para defender las fronteras del imperio como para expandir su territorio y asegurar recursos vitales. Los soldados reclutados eran despedidos de su lugar natal como si ya hubieran muerto, ya que se sabía que no se les volvería a ver jamás. Les esperaba un duro entrenamiento, marchas por el desierto y combates cuerpo a cuerpo.
El ejército egipcio tuvo una influencia duradera en la historia militar, tanto en la región del Medio Oriente como más allá. Sus tácticas y estrategias fueron estudiadas y adaptadas por otras civilizaciones antiguas y su legado perduró mucho después de la caída del imperio. Además de su papel en la guerra, el ejército también desempeñaba funciones importantes en la sociedad egipcia como la construcción de monumentos y la protección de caravanas comerciales. Su presencia era una garantía de estabilidad y seguridad en un mundo lleno de desafíos y amenazas.
La lealtad al faraón era la máxima prioridad en el ejército del antiguo Egipto. Se consideraba que el faraón era un gobernante divinamente designado y, como tal, su palabra era ley absoluta. Los soldados le juraban fidelidad y estaban dispuestos a sacrificar sus vidas en su nombre. Convertirse en soldado conllevaba peligro, también para los monarcas; no resulta extraño que a los más valientes se les recompensara por sus hazañas. Una ristra de varias moscas de oro o plata, reemplazada en ocasiones por collares de metal precioso, donde se añadían los enemigos que hubieran capturado en combate y entregado como esclavos, era la condecoración. Cuando había paz, la única fuerza que permanecía era la guardia personal del soberano, aunque resultaba muy difícil distinguir a un grupo de hombres enviado a una misión de una tropa lista para el combate; ambos iban armados y cumplían una misión para el faraón fuera del valle del Nilo.

El carro de guerra en la Antigüedad
Durante la Antigüedad, el papel de la caballería lo desempeñaron los carros de combate tirados por caballos u otros cuadrúpedos. Sin embargo, hacia el año 800 a. C., un bajorrelieve asirio muestra por primera vez arqueros que peleaban montando en silla sobre sus caballos.
Los carros de guerra aparecieron en torno al año 2500 a. C. con los sumerios; tenían cuatro ruedas compactas y altos parapetos, además, llevaban un conductor y un hombre con lanza o jabalina. Es posible que para el tiro usaran onagros, antepasados salvajes de los asnos domésticos. Entre los siglos xviii y xvii a. C. recalaron en Oriente Próximo los hicsos y los hititas, que adoptaron el carro de dos ruedas con una pequeña plataforma y un parapeto bajo, con dos hombres y una pareja de caballos. Con él, los hicsos desarbolaron las tropas egipcias.
Otro modelo, perfeccionado y con ruedas radiadas, es el de los egipcios de las dinastías XVII y XVIII, derivado del de los hicsos. Los hititas fortalecieron el modelo con ruedas de seis radios y lo equiparon con un conductor, un arquero y un hombre con lanza y escudo. Hacia el siglo vii a. C., los asirios desarrollaron el carro de guerra.
En el siglo vi a. C. con los persas de Ciro, apareció el carro falcado, provisto de cuchillas en las ruedas. Por entonces ya empezaba a vislumbrarse una caballería organizada en pueblos como Micenas o Grecia, donde el terreno irregular hizo necesario un sistema más ligero. Aun así, antes de desaparecer, el carro de guerra cambió hasta convertirse en un rápido medio de transporte en el campo de batalla.