De la alquimia a la ciencia: cómo los antiguos cambiaron la forma de entender la materia

Más que charlatanes tras el oro, los alquimistas fueron pioneros que exploraron la naturaleza de la materia, la vida y el universo. Sus sueños y experimentos abrieron el camino hacia la ciencia moderna.
De la alquimia a la ciencia- cómo los antiguos cambiaron la forma de entender la materia
El oro era visto como la forma final y perfecta de todos los metales. Representación artística. Fuente: Sora / ERR.

A menudo, la imagen que se tiene de los alquimistas es la de unos charlatanes obsesionados con convertir el plomo en oro. Sin embargo, esta visión simplista no hace justicia a la complejidad y profundidad de su trabajo. Los alquimistas fueron, en realidad, pensadores profundamente reflexivos que buscaban comprender la naturaleza de la realidad en su totalidad. La búsqueda de la piedra filosofal, lejos de ser un mero capricho, era una metáfora de su anhelo por desentrañar los secretos del universo. Esta piedra legendaria simbolizaba la perfección, el equilibrio y la unidad de todas las cosas. En su búsqueda, los alquimistas desarrollaron métodos experimentales que sentaron las bases de la ciencia moderna. Para entenderlo, no debemos mirar con ojos del siglo xxi. 

Los orígenes

Aunque parezca sorprendente, lo cierto es que la alquimia tiene sus raíces en la Edad del Hierro, época en la que la humanidad experimentó un desarrollo sin precedentes en la metalurgia. El trabajo con los metales, desde su extracción hasta su transformación en herramientas y objetos, dio lugar a una serie de creencias y prácticas que sentarían las bases para la alquimia. Esta transformación, vista como un proceso casi mágico, dio lugar a una serie de mitos y creencias que asociaban los metales con la divinidad y la creación. Y es que debemos ponernos en el papel: una roca se podía convertir en un trozo de metal, como los meteoritos caídos del cielo. Empezábamos a jugar a ser dioses.

El oro, por su belleza, incorruptibilidad y resistencia, podría haberse convertido en símbolo de perfección en la Edad del Hierro. Se creía que era la forma final de todos los demás metales, y que estos, con el tiempo suficiente, se transformarían en oro. Esta creencia alimentó la búsqueda de la transmutación de los metales, lo que se convertiría en una de las principales metas de la alquimia. 

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Alquimistas: entre la magia, la religión y la ciencia. Representación artística. Fuente: ChatGPT / ERR.

La alquimia en el antiguo Egipto

Las raíces de la alquimia se hunden en las arenas del tiempo del Antiguo Egipto. Allí nació una forma temprana de alquimia, entrelazada con la metalurgia y la cosmovisión de la época. A diferencia de otras tradiciones alquímicas, la egipcia está envuelta en un velo de misterio. Los escritos originales se perdieron hace mucho tiempo, víctimas del paso del tiempo, la censura o las llamas furibundas. Sin embargo, los arqueólogos han desenterrado pruebas tentadoras: herramientas de cobre con rastros de análisis químicos, evidencia de curtido de pieles y producción de vidrio. 

Para los antiguos egipcios, la metalurgia era un arte casi mágico. Transformar minerales en objetos útiles y bellos se asoció con lo divino y la creación misma. El oro, con su belleza y resistencia a la corrosión, se convirtió en el símbolo de la perfección. No es de extrañar entonces que la transmutación de otros metales en oro se convirtiera en una de los principales objetivos de la alquimia egipcia, un anhelo que impulsó a los alquimistas durante siglos venideros. 

La alquimia egipcia no era un conocimiento para las masas. Se trataba de un arte celosamente guardado por la clase sacerdotal. Algunos faraones, como Keops, se convirtieron en figuras legendarias por su supuesto dominio de esta protociencia. La alquimia, la medicina e incluso la magia formaban parte de la religión egipcia, un poderoso conocimiento en manos de los sacerdotes. 

La leyenda atribuye la fundación de la alquimia egipcia a Hermes Trismegisto, una figura que combina al dios egipcio Tot con el dios griego Hermes. Se le considera el autor de los Libros del Saber, que abarcaban todos los campos del conocimiento, incluida la alquimia. Su símbolo, el caduceo, un bastón con dos serpientes entrelazadas, se convirtió en uno de los emblemas más reconocibles de la alquimia. 

Un salto a oriente

A miles de kilómetros de distancia de las arenas del Nilo, floreció otra forma única de alquimia: la alquimia china. Nacida de la confluencia del taoísmo, la medicina tradicional y la filosofía natural, esta protociencia se diferenciaba de su contraparte egipcia en varios aspectos clave.

Mientras que la alquimia egipcia se obsesionaba con la transmutación de metales en oro, la alquimia china tenía la mirada puesta en las estrellas, anhelando la inmortalidad física a través del elixir de la vida. Los alquimistas chinos creían que el cuerpo humano era un microcosmos del universo mismo, un reflejo de las fuerzas cósmicas en constante flujo. Al perfeccionar el cuerpo y el espíritu, se podía alcanzar la longevidad e incluso escapar de las garras de la muerte. En contraste, los egipcios buscaban la perfección material a través de la transformación de los metales, anhelando una especie de eternidad terrenal. 

A pesar de sus diferentes objetivos, ambas alquimias estaban profundamente arraigadas en las creencias religiosas de sus respectivas culturas. En el antiguo Egipto, la alquimia era un arte celosamente guardado por la clase sacerdotal. Del mismo modo, en China, los emperadores patrocinaban a los alquimistas en su búsqueda de la inmortalidad, considerándola una forma de extender su reinado más allá del mundo terrenal. La alquimia se entrelazaba con la religión, convirtiéndose en una herramienta para alcanzar la divinidad o la vida eterna. 

La India también posee una rica historia respecto a la alquimia. Los Vedas, antiguos textos indios que datan del segundo milenio antes de Cristo, insinúan una conexión entre el oro y la vida eterna. Abarcaba un conjunto más amplio de objetivos, incluida la creación de un «cuerpo divino» y la consecución de la inmortalidad en vida. Esta búsqueda de la perfección física y espiritual llevó a los alquimistas indios a profundizar en la manipulación del mercurio y el azufre. Estos elementos se consideraban representaciones simbólicas de lo divino, homologándose el mercurio con el semen del dios Shiva y el azufre con la sangre menstrual de la diosa Devi. 

Fragmento de obra alquímica atribuido a Hermes Trismegisto, base de la tradición hermética.
Fragmento de obra alquímica atribuido a Hermes Trismegisto, base de la tradición hermética. Manuscrito medieval en latín, Biblioteca Marciana (Venecia) / Wikimedia Commons.

Grecia y Roma

Es evidente que la alquimia encontró en Grecia y Roma dos culturas que la nutrieron y expandieron de manera importante. Alejandría, en Egipto, se convirtió en el epicentro de la alquimia durante las eras griega y romana. Allí, las antiguas creencias herméticas egipcias se fusionaron con las filosofías pitagórica, jónica y gnóstica, creando un caldo de cultivo para nuevas ideas y prácticas alquímicas.

La filosofía pitagórica, con su creencia en que los números rigen el universo, influyó en la búsqueda de leyes universales que explicarían los procesos alquímicos. La filosofía jónica, con su énfasis en la observación y experimentación de los fenómenos naturales, impulsó el desarrollo de técnicas alquímicas prácticas. La filosofía gnóstica, con su idea de la imperfección del mundo y la búsqueda de la salvación a través del conocimiento espiritual, impregnó la alquimia de un misticismo trascendente. 

La teoría de los cuatro elementos de Empédocles, desarrollada por Aristóteles, se convirtió en un pilar de la alquimia. Tierra, aire, agua y fuego se consideraban los componentes básicos de toda la materia, y su interacción explicaba la diversidad del mundo natural. De hecho, daba la base teórica a la idea de transformar un metal en oro: solo había que encontrar la perfecta proporción de los cuatro elementos. 

La alquimia y el mundo islámico

La alquimia floreció en el mundo islámico medieval entre los siglos viii y xiii, convirtiéndose en uno de los saberes más importantes de la época. Los eruditos musulmanes, conocidos como alquimistas, no solo heredaron el conocimiento de las culturas griega y romana, sino que también lo expandieron significativamente. Estos alquimistas fueron pioneros en el uso del método científico, con énfasis en la experimentación, la medición y la cuantificación. Se les atribuye el descubrimiento de importantes sustancias químicas como el ácido sulfúrico, el ácido nítrico y el alcohol.

También hicieron avances en la metalurgia, la cerámica y la medicina. Además, los alquimistas musulmanes tradujeron y preservaron muchas obras griegas y romanas sobre alquimia, transmitiendo este conocimiento al resto del mundo.

La alquimia islámica estaba estrechamente ligada a otras áreas del conocimiento como la filosofía, la medicina y la astrología. Esta interconexión de saberes contribuyó al desarrollo de una visión holística del universo y de la naturaleza. Tuvo un impacto significativo en el desarrollo de la ciencia moderna. Sus métodos, descubrimientos y conocimientos fueron fundamentales para el avance de la química, la física, la medicina y algunas otras disciplinas.

En este sentido, si bien la búsqueda de la transmutación de metales en oro era un objetivo importante para algunos alquimistas, la alquimia islámica también tenía otras metas (que quizás iban un poco más allá), como la búsqueda de la inmortalidad, la creación de elixires medicinales y la comprensión de los secretos de la naturaleza. Aun así, no estaba exenta de un halo de esoterismo. 

La edad media

La alquimia floreció en la Europa medieval gracias a su conexión con las culturas griega y romana. Los alquimistas europeos absorbieron con entusiasmo el conocimiento alquímico islámico. En 1144 Robert de Chester tradujo un libro árabe sobre la alquimia y produjo un gran impacto. El movimiento de traducción floreció en la España del siglo xii. Estas traducciones introdujeron un nuevo vocabulario como «alcohol» y «elixir». 

Mientras tanto, teólogos como Anselmo y Abelardo estaban preparando el camino para la aceptación de la alquimia al abogar por una forma de racionalismo compatible con la fe. Robert Grosseteste lo construyó aún más al incorporar la observación y la experimentación en la investigación científica. Incluso surgieron figuras importantes como Alberto Magno y Roger Bacon, que resumieron y explicaron este nuevo conocimiento en un marco aristotélico. 

El siglo xiv vio un cambio en la forma en que se percibía la alquimia. Se volvió más accesible al público en general, y las representaciones de alquimistas en la literatura, como las obras de Dante, a menudo eran poco halagadoras, retratándolos como tramposos. El papa Juan XXII incluso emitió un edicto contra las falsas promesas de algunos alquimistas. A pesar de estas críticas, el estudio de la alquimia continuó, a menudo incorporando temas cristianos de muerte y resurrección. 

Un personaje carismático en la historia del alquimia fue Nicolas Flamel, una persona real que inspiró muchas imitaciones y que se convertiría en un símbolo del alquimista centrado en encontrar la piedra filosofal. Sus escritos describían procesos, pero nunca revelaban la fórmula secreta, eludiendo así las miradas indiscretas. 

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El viaje de la alquimia desde Egipto hasta la Europa medieval. Representación artística. Fuente: ChatGPT / ERR.

El renacimiento

El Renacimiento marcó un resurgimiento de los fundamentos herméticos y platónicos en la alquimia europea. Se tradujeron algunos textos del latín que antes eran inaccesibles para los europeos y que ofrecían, por primera vez, una imagen completa de la teoría alquímica. El humanismo y el neoplatonismo del Renacimiento alejaron a los alquimistas de la física para volver a centrarse en el hombre como recipiente alquímico. 

Si bien se habla de la Edad Media como un periodo oscuro, la oscuridad de la alquimia se dio realmente en el Renacimiento. Se desarrollaron sistemas esotéricos que fusionaban la alquimia con un hermetismo ocultista más amplio, mezclándolo con la magia, la astrología y la cábala cristiana. Una figura clave en este desarrollo fue el alemán Heinrich Cornelius Agrippa (1486-1535), quien recibió su educación hermética en las escuelas de humanistas de Italia. En su obra De Occulta Philosophia, intentó fusionar la cábala, el hermetismo y la alquimia. 

Sin embargo, Paracelso (1493- 1541) transformó la alquimia en una nueva forma, rechazando parte del ocultismo de Agrippa y alejándose de la crisopoeia (conversión de metales en oro). Fue pionero en el uso de productos químicos y minerales en la medicina y escribió: «Muchos han dicho de la Alquimia que sirve para fabricar oro y plata. Para mí ese no es el objetivo, sino considerar solo qué virtud y poder pueden residir en las medicinas».

Las oportunidades empresariales eran comunes para los alquimistas de la Europa renacentista. Los nobles contrataban a alquimistas para fines prácticos relacionados con la minería, los servicios médicos y la producción de productos químicos, medicinas, metales y piedras preciosas. Un caso famoso es el del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Rodolfo II, a finales del siglo xvi, quien recibió y patrocinó a varios alquimistas en su corte de Praga. 

De la alquimia a la química y a la energía nuclear

Los términos «química» y «alquimia» se usaban como sinónimos en el periodo moderno temprano, y las diferencias entre la alquimia, la química y los análisis y la metalurgia a pequeña escala no eran tan claras como en la actualidad. 

El origen de la palabra «alquimia» es incierto y hay muchas interpretaciones. La raíz más probable es la palabra griega «khemeia» (χημεία), que significa «verter juntos», «mezclar» o «fundir». Esta palabra se usaba para referirse a la metalurgia y otras prácticas relacionadas con la transformación de la materia, como ya se ha apuntado anteriormente. La palabra «química» es la ciencia cuya etimología se ancla en «alquimia», aunque solo hereda de ella los procedimientos y terminologías, no los objetivos. 

A pesar de que los alquimistas nunca demostraron que los metales pudieran transformarse en oro, hoy sabemos que sí se puede. Pero no mediante métodos químicos, como pretendían. Eso es imposible. Desde que conocemos las reacciones que pueden darse en el núcleo atómico, se han podido controlar diferentes transmutaciones de un elemento en otro. De hecho se ha «fabricado» oro. El problema es que el método es tan costoso y tan poco eficiente que no merece la pena.

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  • Javier Ramos
  • Christian Pérez